Diciembre 31, 2011
La noche de Leo

Fijé la mirada en el rabillo de su ojo esperando algún movimiento pero estaban fijos, clavados en mi pupila. Las manos fuertes de Leo apretaban mis hombros e impedían moverme. 

Era una noche de verano, estábamos contra una pared iluminados por las luces de la calle y los coches.  Yo llevaba un solero corto floreado, sandalias planas y el cabello recogido, talvez un mechón sobre la cara. Leo vestía todo el año igual excepto una campera de cuero que usaba sólo cuando hacía mucho frío. Sus piernas delgadas se ocultaban bajo el jean gastado que usaba el mismo día que lo conocí, igual que esas ridículas botas. Parecía no crecer y sin embargo, en silencio, lo hacía. Ya no era joven pero tampoco viejo, no era dócil ni torpe. Era un niño en mis brazos aunque ahora estuvieran inmovilizados por su propio peso al costado de mi cuerpo, con los hombros apretados.

Permanecimos en silencio un tiempo que no sé describir ni recordar. Seguía mirando el  ángulo de cuarenta y cinco grados externo de su ojo izquierdo.  Por momentos, pestañaba y yo trataba de recordar cómo habíamos llegado hasta ahí y por qué estaba todo tan silencioso. ¿Estaba lejos de casa? 

De pronto, un derredor anaranjado que no supe distinguir hasta que miré el centro de su ojo, la pupila dilatada, el reflejo del fuego y la imposibilidad de huír. 

Sueño, recuerdo o imagino que caímos juntos y antes cayeron los párpados para poder retener esa imagen como algo vívido. No tengo memoria para decir cuando desperté ni si quise hacerlo desde que no volví a ver a Leo con los ojos abiertos.