Era un guerrero reposando de su propia vida sobre mí. Luchador incansable de ojos color tormento, alquimista de la pérdida y el reencuentro. Cabía mi cuerpo entero en las palmas de sus fuertes manos, me encerraba entre ellas, me enseñaba el calor y luego me dejaba libre como mariposa. Sabía que aunque tuviera alas no las hubiera usado nunca para perderme de su lado.
Yo miraba fijo el hueso de su nariz quebrada y él se sonreía a medias, me devolvía los ojos de costado y me besaba con asfixiante violencia hasta sentir que me faltaba el aliento de tanto amarlo.
Me fundía en él como acero y el viento me trajo hasta aquí como arena desprendida de sus dedos.
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